El sistema carcelario del país enfrenta desafíos inmensos para ofrecer condiciones razonables de funcionamiento y al mismo tiempo seguridad, tanto para los presos como para los agentes penitenciarios.
Las rebeliones precisan ser reprimidas de forma ejemplar, de lo contrario, el Estado pierde completamente el control de las prisiones. Por otro lado, la policía no puede controlar una rebelión apenas tirando contra los detenidos, pues las consecuencias pueden ser trágicas.
Las armas no-letales son especialmente eficientes en el control de rebeliones en el sistema carcelario y cuando bien utilizadas, pasan a ser factor de inhibición de nuevas rebeliones, una vez que los detenidos pasan a tener clara conciencia de que la policía va a actuar inmediatamente, sin recelo de causar muertes innecesarias y que ellos, los detenidos, van a sentir los efectos desagradables del gas lacrimógeno, de la pimienta o del impacto de las “balas de goma”.
En los estados brasileros en que actúan grupos de intervención táctica bien entrenados en el uso de armas no-letales, se redujeron substancialmente las muertes durante las rebeliones y también el número de rebeliones.
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